jueves, 20 de diciembre de 2012

Cuando un bosque se quema


Este artículo se publicó hace mucho tiempo en prensa local (unos cuarenta años). Más tarde, mi amigo Juan Blanco lo reprodujo en su blog “Fragmentos de Galaxia” con fecha 19,09,06. Lo traigo aquí porque lo sigo considerando de interés y actualidad. Por desgracia para todos.



En la década de los sesenta, en nuestro país los incendios forestales comenzaron a ser plagas propias de las estaciones secas. Como hoy, los había de dos tipos según su origen: los espontáneos (los menos) y los provocados (los más). También fue en aquella época cuando apareció una oposición conceptual al régimen político de entonces. Cuando digo conceptual, quiero indicar que tal postura se generalizó entre intelectuales que mantenían una postura crítica relativa a la situación y todo lo relacionado con ella. Esta oposición tenía sus lugares culturales de encuentro, como podían ser cine-clubs, recitales de cantautores, libros de editoriales concretas y determinadas revistas españolas como "Triunfo". En este sentido, un humorista catalán, Perich, alcanzó bastante predicamento en estos medios por su manera de enjuiciar la realidad social.
En relación con los incendios provocados, recuerdo que no faltó quien los alabase por considerarlos como un frente más de la lucha política. Por su parte, el gobierno comenzó a alarmarse con su proliferación y puso en marcha campañas masivas de concienciación destinadas a contrarrestarlos, utilizando para ello los medios de comunicación social. Con este motivo nos hizo llegar un mensaje que muchos recuerdan: "Cuando un monte se quema, algo suyo se quema" en su campaña contra incendios del año 1962. Según mi opinión, el eslogan debería haber tenido mayor fortuna de la que cosechó, pero no fue así y no por la veracidad de su contenido, sino por el bajo nivel de conocimientos ecológicos por parte de aquellos a quienes iba dirigido. Las preocupaciones por los problemas medioambientales aún no habían cuajado entre el gran público.
Para terminar de rematar el poco éxito de la campaña que comento, el bueno de Perich modificó el slogan publicitario para hacer con él un chiste que, sin duda, también recordarán los de edad similar a la mía: al mensaje en cuestión le añadió una coletilla, de forma que aparecía del siguiente modo: "Cuando un monte se quema, algo suyo se quema… (Señor conde)". Estoy seguro, completamente seguro, de que el bueno de Perich nunca pudo suponer lo desafortunado de la coletilla y de la trascendencia funesta que acarrearía al incidir en los escasos criterios ambientales de la población.
El chiste de Perich se propagó como un reguero de pólvora, tanto por su actitud de rechazo a la política oficial como por el mensaje subliminal que venía a decir que la oposición era muy inteligente y perspicaz, siendo capaz de descubrir la mentira de los mensajes gubernamentales. Parecía como si se le dijese al Gobierno que, en aquel tema, se le había cogido en falta. Por parte de muchos españoles se le confirió total veracidad a la coletilla que comento sin cuestionar para nada el cambio de matiz que se introducía en el eslogan. Así, puesto que eran pocos los propietarios de bosques y el problema de los incendios era por completo cuestión suya, ya que "cuando un monte se quema, algo suyo se quema, señor conde", la conclusión a la que se llegaba sin mayor dificultad mental era que el señor conde arreglase el problema, que fuese él quien hiciese frente a los incendios y quien intentase erradicarlos, ya que había sido el propietario del bosque quemado y seguía siéndolo del terreno arrasado. Es decir, por obra del chiste de Perich, el incendio forestal no llegó a ser considerado como algo concerniente a todos, pasando a ser de la incumbencia exclusiva de los propietarios de los árboles quemados.
Con estos auspicios conceptuales, se inició una época en la que los incendios estuvieron rodeados de un total desinterés por parte de la mayoría de los ciudadanos españoles. Motivos de toda índole andaban detrás de la mano incendiaria, mientras la mayor parte de la población asistía indiferente a la catástrofe que se producía cada verano. En todo caso, se recordaba al "señor conde" al que se le quemaban árboles.

Tuvieron que pasar muchos años para que los conocimientos ecológicos se extendiesen entre la población. Con el tiempo, comenzó a ser de dominio público el saber que un árbol produce unos beneficios inmediatos, como pueden ser sus frutos o su madera, de los que se aprovecha su propietario, pero que hay otros beneficios producidos, los ecológicos, que revierten directamente en el mantenimiento del ecosistema y de los cuales nos beneficiamos todos los seres vivos. Fue entonces cuando nos percatamos de lo cierto que había en aquel antiguo eslogan: que era verdad que cuando un monte se quema, algo nuestro se quema, pero desde entonces habían pasado muchos años, muchos veranos devastadores que han dejado nuestro paisaje extenuado.
Ahora se vuelve a empezar y, teniendo en cuenta el nivel de conocimientos ecológicos de aquellos a quienes se dirige la campaña, se hace ver el interés que tiene para todos el mantenimiento del medio natural, que hay que defender a toda costa. En este tiempo añoro nuevos eslóganes, buenos por eficaces, que nos vengan a recordar que sí, que cuando un bosque se quema, algo nuestro se quema.