martes, 16 de diciembre de 2014

LIBROS, LIBROS, LIBROS

EL GÓNGORA, EN LAS
 TENDILLAS DE CÓRDOBA
En Santiago cierran librerías. Y en Lugo, Córdoba y Sevilla, las ciudades que mejor conozco en plan de comprar libros. Empecé a hacerlo en la Luque, de la cordobesa calle Gondomar. Luego fui asiduo de muchas, cuyos nombres podría dar, pues ya no existen y, por tanto, tal enumeración no podría ser considerada como publicidad encubierta.
Eso de leer me lo inculcó mi profesora de Lengua y Literatura del Instituto Masculino de Córdoba, hoy Luis de Góngora (el Góngora, para los amigos). Doña María Luisa Revuelta se llamaba mi profesora y, cerca de hacer los sesenta años de entonces, la recuerdo con mucho cariño, gratitud y respeto. También fue cordobesa la primera biblioteca pública que utilicé de modo asiduo.

En estos últimos dias de 2014, aunque ha aumentado la población, hay más centros docentes, se dice que más cultura y ansia por saber, resulta que se cierran librerías. No se venden libros porque no hay quienes quieran comprarlos. Tal vez los precios, claro, tengan algo que ver en esto. Pero yo creo que también pueda ser por falta de interés, o falta de conceder el valor real a estos vehículos del saber que son los libros.
No sé si las bibliotecas están tan frecuentadas como sería de esperar si la gente quisiese leer libros, pero no los pudiese tener debido a su precio. No lo sé ni lo quiero saber.
He encontrado entre mis cosas un discurso que, en 1931, pronunció Federico García Lorca con motivo de la inauguración de la biblioteca pública de su pueblo, Fuente Vaqueros, (Granada), en 1931. Tristemente, el discurso está repleto de actualidad. ¿No creeis así? Lo dejo aquí para disfrute de más de uno.

Sras., Sres:

Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. ‘Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre’, piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.

Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro,
que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada. 
No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.
Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?
¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: ‘amor, amor’, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: ‘¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!’. Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.
Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: ‘Cultura’. Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz."
Federico Garcia Lorca