sábado, 24 de septiembre de 2016

Dispersión de semillas . 1

Podría decir que la naturaleza sigue sus ciclos y que ahora le toca descansar, preparar la hibernación y dejar todo previsto para que dentro de unos meses, al comenzar la primavera, pueda aparecer una nueva generación de seres vivos. Para nosotros, los humanos, es tiempo de cosechas porque entre los vegetales es época de aparición de frutos y por consiguiente, de semillas. 



En otoño me gusta echarme al monte y ver cómo todo ha ocurrido como tiene que ser. Difícilmente encuentro flores, en todo caso tardías, pero sí muchos frutos dispuestos a diseminarse y llevar las semillas a voleo, a donde caigan y contribuir de este modo al intento de expandir el área de distribución de la especie a la que pertenecen.


FRUTOS MADUROS

En esta época y en invierno, las bayas son los frutos más dotados para realizar esta función. Una función extremadamente importante, pues si las plantas produjeron flores, si se realizó la polinización de modo adecuado, si los ovarios y los óvulos fueron fecundados y maduraron, todos esos procesos han llevado a un final de éxito produciendo numerosas semillas. Ahora viene el final, sin el cual nada hubiese tenido razón de ser. Es preciso la diseminación de esas semillas para que lleguen al mayor número posible de lugares y germinen. Si eso ocurre y las plantas nacidas son fértiles, la especie sigue presente en los ecosistemas haciendo su papel biológico.


BAYAS 

Esto de la diseminación de semillas es un tema importante y el modo de hacerlo es muy variado. Se podría preguntar qué modo es el más eficaz, pero no es válida tal pregunta por ingenua. Para cada especie su método de dispersión es el más adecuado.


Muchos de esos modos se sirven de la ayuda que representan algunos agentes ajenos a las mismas plantas, como son los animales comedores de frutos. Vamos a una época, el invierno, en que los recursos alimenticios pueden escasear. La posibilidad de comer frutos ricos en nutrientes es algo altamente interesante para los animales. También para los vegetales es interesante que los coman, si dentro de esos frutos hay semillas que serán dispersadas con los excrementos de esos comedores. Las semillas deben tener una cubierta resistente a los jugos gástricos, pero la tienen. 


BAYA

Hay un tipo de fruto, la baya, que es muy conocida por todos nosotros. Consiste en un cuerpo esférico en cuyo interior hay cantidad de pulpa, nutritiva, y la semilla envuelta por un tejido muy duro. A esas semillas nosotros les llamamos “hueso”, como el hueso de la cereza, de la uva, etc. Bayas son las uvas, los higos, las cerezas y un largo etcétera. Las plantas que tienen ese tipo de fruto, tienen un procedimiento de diseminación que es similar en todos los casos. El animal, ave o mamífero, ingiere el fruto y con sus deyecciones expulsa la semilla, que no ha digerido. Normalmente, esta deposición la suele realizar en lugares alejados de aquel en que realizó su comida y, de este modo, está diseminando la semilla. 

Hay plantas con un porte que ayuda a esta función, como el majuelo y el cotoneaster, por citar algunos. Son arbustos de bajo porte y un enramado denso que es capaz de definir bajo ellos un cierto tipo de microclima con temperatura algo más elevada que fuera de su abrigo. En alta montaña, algunos micromamíferos se cobijan en esos abrigos. Disponen de temperatura más elevada que en el exterior y, además, cuentan con un elevado número de bayas cuyas semillas dispersarán a lo largo del invierno.

COTONEASTER EN EL MONTE

El acebo también tiene el fruto en baya. Muchos de estos frutos están adaptados para ser ingeridos por aminales herbívoros, que no beben agua y en su dieta normal llevan el aporte nutritivo que suple esta aparente falta hídrica en su dieta. Por ejemplo, los mismos vegetales comidos les suplen sus necesidades de agua. Si en Navidad algunos niños comen, como travesura, alguna baya de acebo que haya en su casa, pueden sufrir trastornos digestivos. No es que la baya sea venenosa, es que no es propia para una dieta omnívora, suplida, además, con ingesta de líquidos. Mal que le pese a mucha gente, la biología o la evolución no nos ha preparado para todo.

Hablar de acebo me lleva a pensar en muérdago, y recordar algo que puede parecer insólito y que voy a contar ahora. Hace años, el muérdago se puso de moda como motivo del consumo navideño. Siempre tuvo su aire de misterio por su relación con mitos druídicos, que ahora no vienen al caso, pero no puedo olvidar la hermosa escena de la sacerdotisa Norma cortando muérdago, mientras invoca a la Casta Diva.


ARBOL CON MUÉRDAGO

El muérdago crece como planta semiparásita en ramas de hayas y robles. En pleno invierno se nos muestran como matojos adheridos a las ramas desnudas de los árboles. Su fruto es blanco y pegajoso, de ahí su nombre. Viscum album. Cuando las aves se posan en los árboles, estos frutos se les pegan al plumaje e intentan arrancárselo. Terminan comiéndolo y lo dejan, entre sus excrementos, adherido a alguna rama. Allí germinará.


MUÉRDAGO CON SU FRUTO

Cuando los vendedores de plantas ornamentales conocieron este ciclo, pensaron que les resultaría muy sencillo imitarlo en invernadero, pero nunca les dio resultado. Ponían sobre las ramas, las semillas envueltas en excremento de ave. Ninguna germinó. 


MUÉRDAGO

Ahora saben que solamente germinan las semillas expulsadas por las aves entre sus heces, pues de algún modo, esas semillas para su germinación, necesitan ser estimuladas por los jugos digestivos del ave que ha comido el fruto.

En evolución conocemos casos similares de dependencia.

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