viernes, 8 de septiembre de 2017

Mis profesores, mis maestros

Mis profesores me transmitieron sus conocimientos por dos vías. Una de ellas, fue el cúmulo de conocimientos que se consideraban necesarios para superar el curso del que se tratase. La otra vía, fue todo cuanto se les escapó en comentarios y actitudes que mostraban ante hechos inesperados. Así, nos dejaron ver algo que no se encuentra en libros y que es consecuencia de un modo de ser. Se configura a los largo de una trayectoria marcada por una clara vocación y una dedicación profesional.


Mi orla
Hace más de cincuenta años que terminé mi carrera. Más de cincuenta, sí. La mayor parte de lo estudiado entonces hoy está científicamente superado, pues han aparecido nuevas teorías, métodos de análisis y datos nuevos con los que enjuiciar e interpretar lo conocido. Pero sigo teniendo una gran deuda con todos mis profesores, pues me transmitieron un modo de ser, actuar y pensar como biólogo. No me lo enseñaron con sus clases, más bien fue con sus actitudes cotidianas. Tampoco sé si lo hicieron de modo premeditado, más bien creo que fue una actuación buena, sincera y natural en ellos. Trabajaban, daban sus clases, nos explicaban las cosas y siempre estaban disponibles para nosotros. Todo eso en conjunto generó un ambiente académico muy agradable, que nos permitió vivir entre maestros casi sin darnos cuenta.

Mi foto para el
Carnet de Facultad
De ese modo nos fuimos acercando al conocimiento biológico. Un conocimiento que nos llegó regulado y estructurado mediante el correspondiente plan de estudios. Se nos puso al día en todo lo concerniente a la biología en aquel momento (se estaba dilucidando el código genético y se conocían los ARN, aunque se desconocían sus funciones concretas, por ejemplo). Cuando fueron llegando las novedades científicas, estábamos preparados para interpretarlas e incorporarlas a nuestros conocimientos. Con el tiempo, casi todo lo de entonces está, digamos, superado y actualizado.

En este patio me sentí en mi casa

¿Qué quedan de mis conocimientos de entonces? Como digo, los tengo actualizados y los anteriores, a buen recaudo en los archivos de la memoria. En rigor, he de decir que todo está superado, pero a mis profesores les sigo debiendo el rigor, el orden, el criterio. Incluso, claro que sí, les debo mi actitud ante las novedades científicas que van apareciendo. Hay quienes ante el sonsonete de que “está científicamente demostrado”, están dispuestos a admitir lo que sea sin preocuparse en contrastar el contenido causante del comentario. Muchas veces, tal frase no es más que una superflua muletilla coloquial sin fundamento ninguno.

Creo que los que hemos adquirido nuestros conocimientos gracias a profesores competentes, nunca hemos sido esclavos de la ciencia ni la hemos considerado como una explicación definitiva de nada. Para mí, hay muy pocas cosas inamovibles. Algunos teoremas geométricos (“en un triángulo rectángulo, un cateto es media proporcional entre la hipotenusa…”), las tablas de aritmética (7 x 3 = 21, etc.) y pocas cosas más. Incluso la RAE admite hoy conjugaciones alternativas. Lo demás, está muy bien conocerlo y cuanto más, mejor, pero desde una postura crítica, sin rendidas entregas conceptuales.

Esta galería la crucé mil veces
para cambiar de aula
Es en este punto donde choco con amigos, que creen ciegamente que la ciencia es un cuerpo de conocimientos que interpretan el entorno. Ahí yo introduzco un pequeño matiz y digo que es “un cuerpo de conocimientos que intenta interpretar el entorno”. Para mi modo de ver, es ese intento el causante de que la ciencia esté en constante revisión de los conocimientos previamente adquiridos.

En un momento concreto, la ciencia puede aparecer como un cúmulo compacto de conocimientos. Siempre con sus dudas y sus preguntas sin resolver, pero un cúmulo compacto. Cuando aparece una nueva técnica de experimentación, se someten a esa técnica los conocimientos previos, que pueden resultar reforzados, o bien rechazados como erróneos. Si ocurre esto,  de nuevo es preciso volver a estudiar para explicar aquello cuya explicación previa ha sido rechazada a raíz de los nuevos descubrimientos. Las nuevas técnicas de estudio afianzan los anteriores conocimientos o los invalidan, abriendo, en este segundo caso, nuevas vías de estudio para explicar unos hechos que siguen requiriendo ser interpretados.

La torre y su reloj eran una
referencia desde lejos
No son pocas las personas a quienes esta situación de constante incertidumbre, de carencia de afirmaciones rotundas y definitivas, les produce una situación de angustia, de incertidumbre y duda. Se sienten defraudadas por la ciencia. Tal vez creyeron encontrar en ella un campo de tranquilidad conceptual en el que, una vez sabido algo, ya no era preciso revisarlo más. En genética, muchos avances en el conocimiento se produjeron por querer encontrar explicación a lo que resultaba inexplicable cuando se aplicaban los conocimientos previos.

En este orden de cosas, el avance de una ciencia se realiza por dos vías diferentes y complementarias. O bien reforzando los criterios anteriores, que van quedando afianzados al resistir nuevos análisis, o bien añadiendo nuevos conocimientos que será preciso ir consolidando. Tarea nunca falta. Pero nunca la ciencia es una religión, ni debe tomarse como tal. La ciencia no dispone de dogmas, intenta explicar todo y, en ese intento, va caminando afianzando su fondo de conocimientos. Quien considera a la ciencia como una substituta de una religión, tal vez desconoce la naturaleza de ambas.

Esto es lo que pienso hoy, después de bastantes años de ejercicio de mi profesión, pero no reniego de aquel muchacho que salió de la Universidad de Barcelona recién licenciado en Ciencias Biológicas. Ya tenía mi forma de pensar. Muchas actitudes mías actuales se las debo a mis profesores de entonces, a los que encontraron una mente inexperta, la mía, y le fueron inculcando modos de actuar y de pensar. Rigor y orden, sí. Pero también, y cómo lo agradezco, espíritu crítico ante las novedades científicas que fueron apareciendo.
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La foto de la orla se la debo a A. Massanell, amiga y compañera de Promoción.

Las fotos de la Universidad de Barcelona las he obtenido del fondo fotográfico de Google.