miércoles, 10 de junio de 2015

BARROCO EN EL MUSEO

En el Museo Provincial de Lugo, en su claustro, me encuentro con hermosos exponentes del barroco hecho granito. Plasmado en piedra recia y dura, fueron nuestros canteros los que supieron sacarle todo un esplendor figurativo como si fuese blanda y obediente. Aunque  lo de obediente, vemos que  sí lo tiene el granito cuando se encuentra con quien le mande como tiene que ser. Por Galicia entera encontramos sinfonía de barroco en granito, pero no me puedo salir del claustro del Museo, y no me quejo, que tengo mucho para reflexionar con él.

LA PUERTA QUE COMENTO
Yo diría que queda poco del barroco en el claustro, todo del siglo XVIII. En otras partes, el barroco es propio del siglo anterior, del XVII, pero ya sabemos que a nuestra tierra, estas corrientes llegan con cierto, o bastante, retraso. Y como Lugo era ciudad feudal, los restos que tenemos son recuerdos de dos obispos, Izquierdo y Armañá, y de algunos representantes de la nobleza local. Poco más, pero tampoco nada menos.

Hay una puerta, enmarcando un reloj de sol que he comentado, policromada, de la época del obispo Izquierdo. La puerta es pequeña, estrecha y de bajo dintel. Policromada, tiene un relieve que nos dice que se construyó en época del prior tal Es decir, una puerta monacal y, sobre ella, el escudo del mecenas, el Obispo. El escudo es el mismo que campea en el lienzo interior de la puerta de Santiago.

Me gusta el granito policromado, tiene un tono que siempre me ha resultado entrañable. Está claro que es difícil este tipo de policromía, pero ahí está, venciendo el paso del tiempo y los avatares que debió sufrir la puerta antes de terminar aquí. Y luce, como luce también todo el relieve de la talla del símbolo episcopal, el capelo, con sus cuerdas y borlas labradas como si se tratase de una piedra blanda. Me gusta este barroco con la exhuberancia de adornos, cabezas de querubines, hojas de acanto y la indicación pretendida de que, aunque exagerado, el adorno es eclesial. Eso, que no se dude.

NOBLEZA LOCAL
Dejamos atrás esta puerta, mas bien su marco, y siguiendo mi sentido del paseo, desde lejos veo un gran escudo. Maravilla barroca. De familia noble local, hidalgos, no se escatimaron símbolos en él. Fuera de los múltiples cuarteles, que aún conservan policromía, encontramos banderas abatidas a ambos lados del yelmo. Cayendo a lo largo del escudo, racimos de frutos al estilo compostelano, como si se derramasen desde sendas cornucopias evocando la idea de Casas Novoa. Los frutos caen de arriba y se esparcen entre todos como lluvia de favores que nos vienen de lo alto. Hermoso escudo, también.

En mitad de la pared, de procedencia desconocida y hecho en el siglo XIX, nos
ANGEL TROMPETERO
encontramos un ángel con trompeta. La otra cara del barroco, Memento homo… la muerte. ¿Porqué en esa época se nos recuerda de modo tan insistente? Todos sabemos que hemos de morir, pero al barroco parece gustarle recordárnoslo constantemente. Incluso, con figuras e imágenes hermosas. Miro este ángel y pienso que esas trompetas no existen en Galicia, que son propias de países orientales, ¿quién le hablaría de ellas al anónimo escultor? También le debieron contar de los ángeles tocando las trompetas en el Apocalipsis. Todo eso lo vertió en su ángel que, por suerte, no desapareció y allí está, en aquella pared del claustro recordándonos nuestra cita inexcusable. Gracias al ángel trompetero y a quien lo supo cuidar hasta que llegase hasta aquí.


Lo que más me llama la atención es el último escudo que voy a comentar, el último, también, que encontramos en nuestro paseo por el claustro. Corresponde a uno del Obispo Armañá, con medallón granítico adjunto. Ese medallón es lo que me gusta, donde encuentro lo más genuino del barroco en este claustro del Museo. Ciertamente, el medallón nos habla del “episcopi ac domni lucensis” obispo y señor de los lucenses… y nos indica que se hizo en el año MDCCXXVI, La verdad es que todo eso poco me importa ahora. Hay algo en el conjunto que siempre me ha llamado la atención.

Toda esta leyenda está esculpida en un óvalo que quiere imitar una medalla. Y esa medalla quiere imitar, o parecer, o hacernos creer, que está colgada mediante un ligero y elegante lazo en un clavo. Para que el viento, o lo que sea, no consiga que tal medallón caiga, el clavo se ha remachado dejándolo bien sujeto. Como es lógico, todo es figuración, artificio. La piedra en que está esculpido estuvo bien asentada en el muro frontal del edificio y no hubo peligro de caida. En todo caso, de derrumbe, pero eso sería otra cosa. Aquí es el artificio de hacer lo ficticio como necesario y real. El ligero medallón bien sujeto por un clavo remachado.

Y ese clavo doblado es lo que más me hace pensar en el barroco, el detalle en el que encuentro la exaltación de un estilo que quiso expresarse con lo exagerado como norma de belleza, aunque para hacerlo de modo coherente, necesitase de nuestro consentimiento cómplice.

EL CLAVO SOSTENIENDO EL FRÁGIL MEDALLÓN 
Yo me siento partícipe del sentir del escultor e invito a todos los que lo vean que hagan lo mismo. Tal vez durante un instante, puede que fugaz, veamos el barroco de un modo diferente.