jueves, 5 de enero de 2017

De refranes, majadas y majaderos

Siempre me han gustado los refranes por la cantidad de saber que encierran, un saber extraído muchas veces de relacionar, de modo inteligente, causas y efectos. Hay refranes acerca de costumbres, de relaciones familiares, de agricultura, de mil cosas, y también los que ayudan a predecir un tiempo más o menos inmediato.
UNA MAJADA


Como poco, nuestros refranes vienen del mundo romano. Aún hoy, en diferentes lenguas románicas existen refranes, todos ellos procedentes del latín, con significados similares. Por ejemplo, nosotros decimos “poco a poco, la vieja hila el copo”, y los franceses “pequeño a pequeño, el pájaro hace su nido”. La mujer y la sardina, cuanto más pequeña más fina. , que para los franceses es: La femme et la sardine, les plus petites sont les plus fines. En italiano se dice L’abito non fa il monaco. Cuando nosotros indicamos que el hábito no hace al monje. No quiero traer más ejemplos, que los hay. Pero en todos ellos, el sentido es el mismo aunque los enunciados varíen. 

Tema aparte es la existencia del refrán y el adagio. Mientras el refrán tiene todas las licencias para sentenciar, pudiendo ser soez, vulgar o gtosero, el adagio siempre tiene un profundo tono poético: “No digas de esta agua no beberé, que el camino es largo y puede apretar la sed”.


Quiero hablar de refranes y refraneros. En nuestra literatura, no es raro el personaje secundario socarrón, lleno de sabiduría popular, amante de refranes que va soltando oportunamente. Por ejemplo, Sancho Panza.

Al contrario que la Farmacología ha sabido transformar en conocimiento científico las cualidades medicinales atribuidas a las plantas, no ha ocurrido así con la Climatología y los refranes referidos a ella, al menos hasta donde yo sé. Claro que “cielo empedrado, suelo mojado” es de comprensión sencilla, pues los frentes lluviosos vienen precedidos por múltiples y pequeñas nubes altas, y que “cuando el grajo vuela bajo, hace un frío del carajo” lo comprendemos sabiendo que el grajo es un ave insectívora, que caza sus presas al vuelo y a bajas temperaturas son los insectos los que vuelan a ras del suelo. “Año de nieves, año de bienes”, nos promete la presencia de agua en verano, debida al deshielo.



Hay un refrán que me gusta mucho, “Hombre refranero, hombre majadero” y es el objeto de este escrito. Lo voy a comentar con algo de detalle, pues siempre me ha dado qué pensar. Cuando yo digo algún refrán, nunca falta alguna persona que me recuerde éste, siempre con afán de molestarme. Suelo contestarle, con mi mejor sonrisa, que sí, que “hombre refranero, hombre de majada”, como bien sabe quien me ha hecho el comentario. Por supuesto, aunque responda que sí, no lo sabe, pues para él, o ella, lo de majadero sólo quiere decir imbécil o similar.

Lamentablemente, en nuestra lengua los términos relativos a oficios agrícolas pueden terminar siendo despectivos. Por ejemplo, las últimas ediciones del diccionario de la RAE atribuyen a “rústico” una serie de acepciones relativas al campo y su ambiente, pero en ediciones anteriores también incluía “rudo, tosco, grosero”. Tras reiteradas quejas, se retiró esta acepción. En “Fortunata y Jacinta”, Galdós utiliza el adjetivo “hortera” para calificar al hacendado que no vive en la ciudad, sino en el campo, en sus huertas. Vemos que el significado de esta palabra ha cambiado en muy poco tiempo, habiendo adquirido un tono peyorativo.



Algo así ocurrió con la palabra “Majadero”. Ya Quevedo la utiliza como menosprecio. Creo que deriva de “majada”, relativo a los pastores trashumantes que pasaban las noches durmiendo a la intemperie, en las majadas, y por eso majaderos. Para ellos era útil y necesario el poder saber el tiempo que haría en un futuro inmediato. Les iba todo su trabajo en una buena situación climática y convenía poder predecir a corto plazo. Aquellos majaderos supieron relacionar muy bien las causas con los efectos y encerraron su saber en dichos cortos generando, de ese modo, unos conocimientos propios del oficio. Diré, con el refrán, que “cada maestrillo, tiene su librillo”.

Tal vez el refrán al que me refiero surgió en una sociedad de apariencias, donde la vanagloria era moneda corriente. Si en las ciudades, la gente deseaba conocer y acertar los orígenes de las fortunas, en este caso lo tenía bien sencillo. Si el investigado recurría a refranes, era clara su procedencia pues “hombre refranero, hombre majadero”.


Esta capacidad de aprender de la naturaleza, de comparar diversas causas con sus respectivas consecuencias, tal vez no siempre fue entendida y apreciada por los envanecidos habitantes de las ciudades. En vez de querer aprender de ellos, se les menospreció. Más sencillo. 

Siglos más tarde, Antonio Machado se quejaría de una manía muy nuestra de despreciar lo que ignoramos.