viernes, 5 de mayo de 2017

Sombras efímeras

A veces, en mis paseos por Santiago, Lugo u otros lugares, me entretengo en las visiones de lo efímero. Lo caduco generado por lo permanente. He dicho en otras ocasiones que el sol juega un importante papel en el barroco de estas tierras, con sus efectos de luces y sombras.
Es curioso cómo en algunos rincones urbanos se generan unas sombras hermosas, duraderas sólo en la memoria o en fotos, pues en su vida real no suelen duran más de unos cuantos minutos como mucho. Fotos de rejas, de balaustradas, de faroles de balcones. De soportes rígidos proyectados sobre paredes o el suelo. Pero siempre perecederas.

Compostela

Las sombras corren a lo largo de las paredes, hay momentos en los que adquieren gran belleza, junto con el objeto que las proyecta, con el que definen un conjunto hermoso y luego desaparecen. Unos instantes que al día siguiente se repetirán para deleite de quienes las disfrutamos. Otros pasarán ante ellas sin apenas darse cuenta de que están allí, como esperando su contemplación pero pasando desapercibidas.


La sombra casi se escapa

Son imágenes ciudadanas no buscadas, aparecidas como por ensalmo, pues quiero creer que los constructores de barandillas, borduras o soportes nunca contemplaron la posible belleza de sus sombras. Aparecieron casi sin ser llamadas, pero hoy son un componente más de una belleza armónica que está en una ciudad, la que sea, como en oferta para quienes las sepan apreciar. 



Me refiero a sombras producidas por el sol, son las sombras que se mueven, las que están reñidas con los días de lluvia y las que aparecen en determinados meses, pues dependen de la altura del sol sobre el horizonte. Todas esas variables inciden en la existencia o no de una sombra y, claro, de su belleza. Aunque en ésta, su belleza, es determinante la del soporte rígido que la genera.
Elegancia lucense
A quien las quiera ver, les recomiendo que vayan a eso, a verlas. Que se echen a la calle a mirar, con la ilusión de encontrar, una ilusión nunca defraudada. Pero el sol no espera y unos minutos de demora hace que la sombra ya no esté, que haya que esperar al día siguiente para encontrarse con ella, si es posible. No siempre vuelven a coincidir las variables que propiciaron que hoy sí, que estuviese la sombra en su sitio y a su hora. 

Rotundidad en Lugo
Qué efímero es el tiempo ese. La ocasión la pintan calva, decían los latinos. Tampoco esto es una ocasión, pero sí es un instante de esos que en la vida conviene aprovechar. Más de un sabio dice que no se arrepiente de nada de lo que hizo, pero sí lamenta algunas cosas que dejó de hacer. Tampoco es eso. Nuestras ciudades son ciudades hermosas con o sin sus sombras, y quien marche llevará el recuerdo, hermoso también, de sus callejeos por las zonas monumentales, sus rúas, su catedral, sus plazas y su gastronomía. Entre tanto recuerdo, las sombras de las que hablo constituyen matices que tal vez aprovechen para dejar algún acento de originalidad al paisaje urbano, pero sólo eso. 

Serenidad compostelana
No obstante, es bonito descubrirlas al pasear por los sitios adecuados y a las horas también adecuadas. Al final, resultan familiares en el paisaje urbano.

Me gustan las sombras de las farolas adosadas a las paredes mediante soportes rígidos. En momentos determinados, farolas y soportes se proyectan generando un atractivo conjunto que, conforme el sol se va desplazando, va corriendo también. Siempre hay un de momento de especial belleza sobre las paredes.

Balcones, faroles y barandillas lucenses

También me gustan los balcones y sus barandillas. Los balcones, cuando sobresalen de las fachadas, con sus barandas, confieren aspectos insospechados que vienen a ser adornos para unas fachadas ya hermosas de por sí. Hermosas también en invierno, cuando están desprovistas de esos adornos regalados por el sol.

Traigo unas cuantas fotos de estas sombras, pero cualquiera que mire con ojos atentos, encontrará mil detalles inesperados ante los que antes se ha pasado sin percibir esa belleza en las paredes. 

Fachada del Monasterio de San Clodio.

En todos esos casos, es una belleza efímera y, por tanto, me gusta calificarla como barroca.