viernes, 4 de septiembre de 2015

Mi aplauso a la Milagrosa

Este artículo lo escribí en septiembre de 2003, después de haber ido, un año más, a visitar el lucense barrio de la Milagrosa con motivo de sus fiestas anuales. Lo traigo aquí, pues puede gustar a alguien.
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Como todos los años desde no sé cuándo, fui a darme una vuelta por las fiestas del barrio de La Milagrosa. Muchas cosas han cambiado desde sus tímidos inicios con las atracciones apiñadas alrededor de la Iglesia Parroquial. Ahora todo es mayor, desde el programa de festejos hasta la extensión del recinto ferial. Nada de esto sería posible de no haber existido un trabajo tenaz, entusiasta y resuelto por parte de las sucesivas Comisiones de Fiestas, que sin más afán que el de prestigiar al barrio y que sus vecinos lo pasen bien, viene trabajando día a día durante los doce meses que tiene cada año. Los resultados de su gestión saltan a la vista para quien quiera pasarse por allí en esos días en que están de fiesta y nos invitan a visitarlos. Paseando por allí encontré cosas nuevas y eché en falta otras, lo mismo que con las personas. Es lo de siempre, gente que llega, gente que falta. La vida que sigue como un río por su cauce y nosotros con la suerte de poderlo contemplar.
Todo esto lo pensaba yo el otro día, cuando paseaba sólo por entre las muchas atracciones instaladas en el recinto ferial y entre sonidos de altavoces que dejaban salir al aire mil y un reclamos dispares. Porque a esos sitios me gusta ir sin compañía para dejar que mis pensamientos vayan por los derroteros que quieran.
La verdad es que esto de las fiestas de barrio no es una costumbre exclusiva del de La Milagrosa. A lo largo del año, en Lugo tenemos fiestas que van jalonando el transcurrir del tiempo, desde las tempranas de San Lázaro, pasando por las veraniegas de San Antonio, hasta llegar a la fiesta por excelencia, la otoñal de San Froilán. Pero ésta ya no es de barrio, es la oficial de la ciudad.
Tampoco es que las fiestas de barrio sean un invento reciente, más bien
tienen un fundamento medieval que, aunque casi nadie lo sepa, sigue candente en el subconsciente de las personas. Eso es una historia que tal vez sea interesante comentar, pues ocurre algo curioso cuando se obedece a motivos concretos, pero que resultan desconocidos.
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No es hasta finales de la Edad Media cuando las ciudades adquieren una cierta seguridad, de modo que las murallas dejan de ser estructuras defensivas. En las proximidades de sus puertas aparecen las primeras viviendas y los Burgos (las ciudades) se desparraman por terrenos de los alrededores si bien, en caso de peligro, los habitantes del extrarradio se podían refugiar en el interior de las murallas. Los barrios aglutinan a un sinfín de familias, la mayoría pertenecientes a gremios, que llamadas por el atractivo que representa el futuro de una ciudad en paz, llegan a ella con la ilusión de prosperar en todos los sentidos. Solía ser gente de diversas procedencias, modos y costumbres, que comienzan a caracterizar a los barrios por la riqueza que confieren las mezclas culturales.
Es entonces cuando aparece una dinámica ciudadana inesperada. Por
una parte están los habitantes del interior, del centro, que se consideran los depositarios del criterio, del sentir ciudadano y los únicos intérpretes válidos del espíritu local. Por otra parte, los habitantes de los barrios, seguros de sí mismos, conscientes de ser cada vez más necesarios para el futuro desarrollo de la ciudad y con hondos deseos de integrarse en ella. En el centro se presume de ciudadanía, en la periferia se jactan de la novedad y potencialidad que aportan los grupos y las personas llegadas desde muy dispares lugares.
La historia ha dado mucha importancia a esa dinámica, centro-periferia, pues ha generado, y genera, mucha riqueza cultural en no pocas ciudades, también en la nuestra. En núcleos urbanos con fuertes costumbres que arrancan en la Edad Media, el hecho de vivir en el centro o fuera de él parece indicar mucho acerca de una familia. No digamos en ciudades amuralladas, en las que la identidad del centro con el espacio interior de murallas es intensa. Sabemos que en Lugo siempre ha sido un dato a tener en cuenta el hecho de que se viva dentro o fuera de murallas. Pero no es sólo en Lugo donde esto ocurre.
Hoy, esta relación se traduce en rivalidades pacíficas, pero en su día pretendieron significar más de lo que hoy podemos ver. La fiesta del Palio, en Siena, sólo la podemos explicar como un exponente de ese tipo de relación. Otro tanto ocurre con la Semana Santa de muchas ciudades españolas, en las que las Cofradías del centro tienen una expresión completamente diferente de la que tienen las de los barrios.
Los motivos que generaron esta dinámica ya están superados y los centros de las ciudades se han quedado casi vacíos (creo que en el interior de Lugo hay censadas menos de 3.000 personas). En las ciudades europeas sus habitantes actuales se decantan por zonas periurbanas y los barrios han dejado de tener el significado que pudieron tener en otro tiempo.
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No voy a decir que las fiestas de la Milagrosa obedezcan a estímulos pasados, pero sí pienso que de un modo subconsciente se ha mantenido en las personas este sano, y creativo, afán de rivalizar con el centro. En algo al menos, en diseñarse unas fiestas sobradamente dignas, los barrios quieren demostrar a la ciudad entera que allí, en sus sitios, hay quienes son capaces de presentar alternativas organizadoras, que tienen su propia fuerza de convocatoria y que, puestos a compararse con el centro, nada tienen que envidiarle. En este sentido, al igual que en el Palio o en la Semana Santa, los barrios tienen en sus fiestas un exponente de sus muchas posibilidades.
Por eso felicito al de La Milagrosa, porque un año más han demostrado estar sobrados de aptitudes, poseer buen sentido organizador y saber ofrecer a propios y extraños muchas ocasiones de pasarlo bien que, en el fondo, es lo que se pretende y de lo que se trata.