viernes, 3 de julio de 2015

Epitafios en el Museo

En el Museo Provincial de Lugo hay una amplia representación de monumentos funerarios, que recuerdan a personas que vivieron en Lugo o en sus alrededores (Vilarín, Crecente, Atán, Aday, Guntin, etc.). Estelas, lápidas, aras a dioses diversos, nos hablan de personas que vivieron por aquí hace unos dieciocho siglos y que, si bien no alcanzaron la inmortalidad, al menos han conseguido ser recordados hasta hoy. Sus recordatorios están expuestos en el claustro del Museo.

A LOS PRÍNCIPES VECIUS Y VECCO
Son abundantes y en muchos casos hallados en calles lucenses o bien en la muralla, pero eso será tema de otra entrada en este blog. En este caso, ahora, quiero reflexionar sobre el contenido de los epitafios, de lo que nos dicen o lo que nos permiten suponer.

Hay una placa en honor de dos príncipes indígenas, Vecius y Vecco, datada en el siglo I de nuestra Era. Esta placa, como otros muchos detalles, nos habla de un pacífico proceso de romanización en el que eran libres las honras públicas a los aristócratas del antiguo sistema, el que iba desapareciendo para dejar paso al nuevo, llamémosle romano. Encuentro interesante este período de tiempo en el que las viejas formas van dejando paso a las nuevas, más poderosas por venir de la mano de nuevos gobernantes, más poderosos también. Lo viejo no se destruye, simplemente se reemplaza.

Me emociona el ara en memoria de Philtates del siglo III d.C. Me conmueve quiénes erigen este recuerdo: “sus compañeros esclavos” ¿Cómo sería Philtates para desencadenar esta acción en sus compañeros? ¿Cómo serían sus compañeros que no se preocuparon en ocultar su identidad social? Allí está el ara, dedicada a los dioses Manes, los dioses de lo profundo. Seguro que les costó su dinero, pero quisieron dejar
A PHILTATES
constancia de que Philtates no había sido indiferente en sus vidas.


Y Luego, claro, encontramos los recuerdos familiares. Las esposas, los hijos, los desconsolados padres que erigen aras en recuerdo a sus hijos. El dolor en esas inscripciones es grande.

Porque ahí es a donde quiero llegar, al dolor que transmiten los textos. El desconsuelo ante la pérdida de los hijos, de los padres, del hermano, del amigo. Y como si el difunto pudiese leer las inscripciones, se le habla a él: “tus padres…” “tus amigos…” “tus hermanos…” Parece existir la idea de que el muerto no murió y, por eso, se le dirige el comentario.

Hoy, julio de 2015, en determinados ámbitos de las pompas fúnebres se sigue con estas maneras. Me refiero a las cintas que acompañan a las flores que se envían a los difuntos. También en ellas los textos van dirigidos a quienes marchan: tus vecinos, tus hijos, tus amigos… Casi veinte siglos con las mismas redacciones y los mismos destinatarios. Me emociona constatar en estos epitafios cómo no hemos cambiado en esta manera nuestra de expresarnos en tales momentos.

Hace tiempo veo en el periódico local, El Progreso, que las esquelas mortuorias
A LULIUS RUFINUS LEONTIUS POR SUS PADRES
tienen dos tipos de redacción, según quiénes las hayan encargado. Si la esquela es familiar, se supone que el destinatario del escrito es el público lector, y para él se escriben los textos: Su esposa…, sus hijos…  Ese “su” nos hace pensar que nos hablan a nosotros, los lectores, y nos comunican lo pertinente.

Pero si la esquela la han encargado personas con quienes el difunto no tiene mayor vínculo que la amistad (que no es poco), el texto parece dirigido a él. Así, leemos en estas esquelas: “los amigos de tu hijo”, “tus compañeros de equipo…”, “tus contertulios del bar…” De nuevo, otra vez, como en los epitafios romanos, los textos parecen redactados para ser leídos por quien marcha, que conservaría la capacidad de leer.

Me gusta ver que este espíritu se ha mantenido a los largo de todos estos siglos. También el dolor expresado en algunas lápidas parece un dolor de hoy, un dolor atemporal y, por tanto, válido en cualquier tiempo. La soledad, la angustia, la pérdida se reflejan en aquellos textos con una actualidad tremenda.

Tal vez a esos niveles de sentimientos, auténticos y profundos, los años no pasan porque hablamos de características consustanciales nuestras. Allí, en el claustro del Museo Provincial de Lugo, podemos comtemplar esos exponentes de un dolor de entonces, pero que es de siempre.