domingo, 4 de octubre de 2015

La vaquera y el marqués

En la medida de que la ciencia pretende dar respuestas a interrogantes planteados relativos al entorno, su avance va a depender del hallazgo de dichas respuestas. Pero, para que la ciencia progrese, conviene que las preguntas sean pertinentes y estén formuladas desde una óptica científica correcta, pues preguntas equivocadas solamente producirán respuestas también erróneas.


En la historia del saber existen momentos importantes, que son aquellos en los que el ambiente científico está pleno de personas que reflexionan con el rigor pertinente. Normalmente, los hechos que desencadenarán el progreso de la ciencia están ante todos, pero solamente unos pocos, de mentes avispadas, son capaces de captar lo que hay de desacostumbrado en ellos y de considerar estimulante dedicarse a su estudio para, después, poderlos explicar. Las preguntas que plantean, esos hechos son los que propician la búsqueda de las respuestas que hacen que la ciencia avance. A veces, preguntas y respuestas aparecen casi a la vez. En otras ocasiones, han de transcurrir cientos de años antes de ser encontradas. Ese fue el caso que voy a contar a continuación. 

No sé, ni poseo datos, que me indiquen la certeza de todo cuanto voy a decir, pero voy a relatar esto como yo creo que bien pudo haber ocurrido. Digamos que esta interpretación mía es consecuencia de dejar vagar la imaginación en una tarde de otoño. 

Vayamos a los siglos XIV y XV, una época de grandes cambios de todo tipo: sociales, culturales, religiosos, etc. El poder de los señores feudales no era lo que había sido, y aparecían los burgos como manifestación de la nueva estructura social. El arte románico era un recuerdo y se utilizaba el gótico. Europa renacía después de una epidemia de peste que diezmara su población. En los hombres de este tiempo surgieron hondas dudas en relación a Dios. Estas dudas, con el paso del tiempo, tomarían cuerpo en el protestantismo. En medio de esta transformación social, no faltaron nuevos conceptos con los que enjuiciar a las personas y sus comportamientos, como podemos ver al tener en cuenta los sobrenombres dados a los reyes: "El Bueno", "El Sabio", "El Magnánimo" y otros semejantes, diferentes a los aplicados en tiempos
EL DONCEL LEE
anteriores: "El Fuerte", "El Bravo" o "El Velloso".

Otro tanto podemos detectar en la escultura funeraria, como comprobamos en una visita que podamos hacer a la iglesia de San Francisco, en Betanzos. En ella, y junto al sepulcro de Fernán Pérez de Andrade, "O boo", Conde de Andrade, ataviado con armadura recia y poderosa, vemos en sepulcros de tiempos posteriores cómo están representadas personas con ropas de gala, más propias de una vida palaciega y cortesana. El máximo de la escultura funeraria de este tiempo está en Sigüenza, donde un hombre en la flor de su vida, conocido como el Doncel de Sigüenza, está representado en actitud de reposo, leyendo un libro, lejos de las preocupaciones de los campos de batalla.

También a través de la pintura podemos ver cómo cambia el vestuario, usando colores nuevos y otros tipos de ropas que hacen que las personas aparezcan más esbeltas. En los frescos de Piero della Francesca, por citar un caso, es posible comprobar esto, pero también en otros pintores contemporáneos suyos.

Gracias a los viajes de Marco Polo se abrieron nuevas rutas y se conocieron nuevas mercancías para el comercio (y la jardinería). En ferias y mercados se ofrecían sedas, especias y otros productos exóticos que, por sí mismos, constituirían signos de singularidad para quien los usase. Por todas partes tomaba cuerpo un nuevo concepto de calidad de vida en el que la belleza, no iba a ser menos, era definida de modo acorde con el ideario del momento histórico.

EL MARQUÉS CORTESANO,
REZA Y ESCRIBE
En toda esta compleja transformación de pensamiento y de criterios que se estaba produciendo, no eran pocos los cambios que convenía hacer para adecuarse a las novedades. Uno de ellos, y no pequeño, consistía en encontrar medicinas apropiadas para las enfermedades que llevaban tiempo asentadas en Europa. Tal era el caso de la viruela. Se sabe que había sido traída a Europa por los árabes andando el siglo VI y, desde entonces, fue endémica en el continente hasta finales del siglo XIX. Enfermedad muy común, comportaba elevada mortalidad y, en caso de que sanasen los enfermos, les dejaba cicatrices profundas, perfectamente visibles e incompatibles con los conceptos de belleza imperantes.

Quiero creer que la gente de aquella época, en la que tanto se veneraba la belleza, pudiese estar envidiosa de quien mostrase tener salud o, incluso, estar defendido (hoy diríamos inmune) ante enfermedades concretas. Tal vez esto fuese lo que pudo sentir el Marqués de Santillana (1398-1458) antes de escribir:

Moza tan fermosa
non vi en la frontera,
como la vaquera
de la Finojosa ...

Por lo que sé, el Marqués era un noble muy de su tiempo, acostumbrado a las ventajas que puede proporcionar un cierto estilo de vida acomodado. Es posible que, en secreto, también tuviese miedo a viruela y otras enfermedades propias de la época. Quiero pensar que la hermosura que tanto asombrara al Marqués no era otra cosa más que la ausencia de viruela en la vaquera que, por tanto, tendría un rostro terso, hermoso y con el color propio de la gente joven que trabaja en la montaña. En aquel tiempo, la capacidad de resistencia al mal sería un bien inestimable atribuido al uso de hechizos y ensalmos apropiados. Por eso, se pensaba que tal estado era más asequible a personas con un cierto tipo de poder adquisitivo y no a la gente común.
LA MOZA SE INMUNIZA

Siempre me extrañó el hecho de que el Marqués no creyese que la moza fuese vaquera, tal vez por considerarlo un trabajo inapropiado para una muchacha tan hermosa. O por considerar que su oficio debería estar reñido con la salud que mostraba. Como si, para él, una cosa estuviese reñida con la otra.

la vi tan graciosa
que apenas creyera
que fuese vaquera
de la Finojosa.

Nunca creería el Marqués que el trabajo de la moza era el causante de que no padeciese la viruela, pero supongo que en la Finojosa (hoy, Hinojosa del Duque), escucharía más de un comentario sobre la ausencia de viruela en quienes desarrollaban tales actividades. De la causa de tal relación, no se sabía nada. Tendrían que transcurrir muchos años antes de que se encontrase. Tal vez al Marqués le costaba admitir cuanto le decían, y no deja de ser curioso que por mucho que se lo diga la muchacha, el poeta cortesano no salga de su opinión:

Juro por Santana
que no sois villana.

El Marqués de Santillana deja planteada una pregunta que, posiblemente, estaba en lo pensamiento de mucha gente contemporánea suya: Cuál era la causa de que unas personas, con un trabajo concreto, no padeciesen una enfermedad también concreta. Hoy sabemos que esta relación tiene una base explicable por la ciencia. Gracias al poema, sabemos que en ese tiempo la pregunta, como primer proceso del avance científico, ya estaba planteada y bien planteada: Comprobada la resistencia de unos trabajadores a una enfermedad, mortal en la mayoría de las veces, cuál era la causa de esa resistencia. Si estos trabajadores no tenían mayor acceso al uso de brujerías, la resistencia debía tener base natural.

GENERAN INMUNIDAD
Con la pregunta apropiada del Marqués, y de más gente de entonces, estaba en marcha el progreso, aunque en aquel tiempo todavía no se conocía el camino para encontrar la respuesta. Antes, tendrían que ocurrir muchas cosas, era preciso incrementar conocimientos y descubrir técnicas apropiadas. Pero el reto estaba sobre la mesa: Algo poseían los vaqueros que los hacía inmunes a la viruela.

El resto de la historia no lo voy a contar, es conocido y terminó con el descubrimiento de la vacuna correspondiente por parte de Edward Jenner, un científico con quien la Humanidad está en deuda. Por cierto, como el suero se extraía de las vacas, al suero se le llamó “vacuna”.

El proceso científico siempre ha sido así, la formulación de preguntas apropiadas y la búsqueda de sus respuestas. Sabemos que Newton buscando respuestas a la caída de la manzana, descubrió la gravitación universal, Mendel estudiando la transmisión de caracteres simples descubrió las leyes de la herencia, y Fleming mediante procesos similares descubrió los antibióticos.

Hoy, con nuevas técnicas y de mayores capacidades  de análisis, se buscan respuestas a preguntas, digamos, de siempre. No creo que se lleguen a descifrar por completo, pues nuevas respuestas casi siempre plantean nuevas preguntas. Es un modo de avance de la ciencia.