viernes, 16 de octubre de 2015

Miedos recurrentes

Si hablo de miedos, (“Los hombres no tienen miedo…” me dijeron a menudo), debo decir que hay uno, pasajero, que no me preocupa mayormente, como el producido por un ruido no identificado. En una casa solitaria, o con muchos aditamentos envueltos en nocturnidad, los miedos llegan pronto. Por muy intensos que sean, los considero temas de película que se disuelven en los amaneceres. Me refiero a un miedo más connatural a nosotros, una sensación que acompaña a la Humanidad desde que la cultura nos ofrece datos de vida intelectual. Por ejemplo, el miedo al más allá. Me podrían decir que esto ya no se lleva, que es un tema superado. Claro que sí. Superado, por eso precisamente, el número de peregrinos a Compostela aumenta de año en año, o en las UVIs renacen los fervores religiosos de los internados en ellas.

CARPETA DE MI DISCO CON
LE DERNIER REPAS
Hay gente que vive en un continuo ir y venir, múltiples cosas llaman de modo inaplazable su atención y yo me pregunto si tienen tiempo para reflexionar acerca de sí mismos, de los que pretenden, de sus fines. A veces me parece que tanto ajetreo personal no es más que un telón tras el que ocultar sus propios desasosiegos. No es malo vivir con ellos, es una opinión, ni pactar con ellos. Para mí, lo malo es callarlos, ocultarlos como si no existiesen, porque están ahí.
Tal vez sea un tema del que no se quiere hablar, pero está ahí a la espera de una respuesta que sabemos que no llegará y que consolida su misma naturaleza. Para mí, una de las mejores expresiones de este miedo nuestro lo expresa Jacques Brel en una canción que encuentro estremecedora, Le dernier repas. La última cena.
Sobre Jacques Brel, para quien no lo haya conocido, diré que fue un cantautor belga de mediados de siglo XX. Heredero en cierto modo del espíritu satírico y burlón de los goliardos medievales, habitó un campo intelectual de cantantes solitarios, fundamentalmente franceses, como Georges Brassens o Leo Ferré.  Tal vez el último de ellos haya sido Georges Moustaki. No sé si hay posteriores.
J.Brel, aparte de una hermosa colección de canciones costumbristas, dedicada cada una
EN UN CONCIERTO
de ellas a un oficio concreto, (como más tarde haría nuestro Juan Manuel Serrat), tiene canciones que nos hablan de sus sueños de adolescente, de su ciudad, de su familia y, también de lo que desea para su última cena, concretamente para después de ella.
Ya he dicho, la letra de esta canción me resulta sobrecogedora, pues al comienzo, cantada en primera persona y simulando un gran cinismo, nos presenta a un frívolo vividor que sólo quiere ver a sus perros, sus gatos, el borde del mar y, con esa compañía, quiere que se le lleve a lo alto de su colina, a ver los árboles durmiendo con los brazos cerrados. Entonces, todavía quiere volver a tirar piedras al cielo gritando “Dios ha muerto” por última vez.
En la segunda estrofa nos sigue presentando al mismo frívolo insolente, el que quiere ver, después de su última cena, a sus ganados, a sus vacas y a sus mujeres. Quiere ver a aquellas mujerzuelas de las que fue dueño y rey, (las que fueron sus maestras) y, cuando tenga en la barriga con qué nutrir la tierra, levantará la copa para imponer silencio y cantará, cara a cara, a la muerte que llega aquellas cancioncillas ridículas que metían miedo a los críos. Luego, desde lo alto de su colina, verá cómo camina la tarde, lentamente sobre la llanura, y entonces, aún de pie, volverá a insultar a los burgueses sin temor ni remordimiento una última vez.
En la última estrofa, Brel se vuelve íntimo, muy íntimo. Tal vez sienta que le queda
¿TAL VEZ DESDE ESTA COLINA VIVIRÍA
SUS SENTIMIENTOS POR ULTIMA VEZ?
poco espacio para contarnos qué siente. Cambia la orquestación, aparece un timbal muy tenue y una flauta que me hace pensar en el viento de un atardecer. El autor desea que se le siente en un sillón, sólo, como si fuese un rey asistido por sus vestales. Para vestir su alma no querrá más que la idea de un rosal y un nombre de mujer. En su pipa quemará sus recuerdos de niños, sus sueños inacabados, sus restos de esperanza. Después mirará la cima de la colina, que danza entre las tinieblas, que termina desapareciendo, Y entre el olor de las flores, que pronto notará, sabe que sentirá miedo, una última vez.
A lo largo de mi vida me he encontrado con múltiples manifestaciones de este miedo tan humano, tan sin respuestas, pero es esta canción de Jacques Brel la que hace que sienta más mío este sentimiento.

En estos días últimos de octubre, pensando en que este año tengo un renovado motivo para ir al cementerio cuando estrenemos noviembre, pienso en estas cosas, miedos, soledades, y he querido compartirlas aquí. Tal vez sea bueno pedir disculpas si acaso me metí en temas inapropiados, que he podido molestar a más de uno, pero pienso también que a veces es bueno hacer públicos estos sentimientos. 

Le dernier repas:
http://www.dailymotion.com/video/x196yd_jacques-brel-le-dernier-repas_music
https://www.youtube.com/watch?v=752Z0vIHrMQ