lunes, 12 de octubre de 2015

Preguntas de siempre

PASEANTE SILENCIOSO...
Cuando pienso en las cosas que hacían reflexionar a los antiguos, veo que tampoco es que sean tan distintas de las que hoy nos llevan a hacer lo mismo. El ser humano, en su natural intento de explicar su entorno, ha ido construyendo un edificio conceptual de preguntas y respuestas con las que, en cada momento, ha calmado su afán interpretativo. Naturalmente, para buscar esas respuestas se utilizaron los conceptos de que se disponía, por eso siempre hemos estado en procesos de revisión de las interpretaciones previas. Han sido aquellas ocasiones en que se dispuso de nuevas técnicas de estudio.

Preguntas del tipo ¿Cómo…? ¿Cuándo…? ¿Por qué…? o ¿Para qué…? siempre han sido los alicientes del progreso científico, cuando se han formulado de manera correcta por quienes estaban capacitados para hacerlo debido a sus conocimientos científicos. Aquellas grandes dudas que acerca de la naturaleza tenían los sabios de la antigüedad, hoy en día siguen siendo prácticamente las mismas, si bien planteadas de modos diferentes y desde posturas científicas más sólidamente establecidas. O al menos, eso es lo que pensamos.
 NOS ENSEÑÓ A PENSAR
Es curioso, pero siempre han existido referencias no científicas, míticas, que han sido suficientes para que una mayoría de personas concediesen credibilidad total a todo cuanto se les dijese en su nombre. Y eso ocurrió, ocurre y ocurrirá. Claro que los referentes han ido cambiando.
En la Grecia clásica, sus referentes míticos eran aquellos con los que se construyó todo un sistema explicativo de los procesos naturales. El viento aparecía siempre que el dios Eolo soplaba; la tormenta surgía cuando Zeus se enfadaba con los mortales y, en tales ocasiones, lanzaba sobre la tierra su ira en forma de rayos. A veces, pasada la tempestad, enviaba a su mensajero, Ares, a pactar con los hombres y el enviado bajaba a la tierra utilizando para ello un arco que se ponía a modo de pasarela entre el cielo y la tierra, el arco Iris. Según los mismos mitos, los meses de invierno, sin flores en los campos, eran aquellos en los que Perséfone se iba al fondo marino a estar con Poseidón mientras su apenada madre, Démeter, descuidaba su ocupación de jardinera que embellecía los campos. Luego, la hija regresaría en abril, la jardinera se alegraría, retomando su oficio y los campos volverían a lucir sus flores.
Naturalmente, hoy existen explicaciones científicas para todos esos fenómenos. Sabemos los componentes atmosféricos que, cuando están juntos, determinan que se desencadenen tormentas, lo mismo que sabemos las circunstancias en las que se forma el arco iris o qué factores son los desencadenantes de los bioritmos en los vegetales, que provocan que en invierno casi no haya flores y que en el mes de abril las haya en gran profusión. No obstante, puede ocurrir que para quienes no disponen de muchos conocimientos, las explicaciones míticas resulten más atractivas que las científicas, tal vez demasiado frías. O puede ser que el mito atraiga más que la verdad comprobada.
Conviene no olvidar que fue en la Atenas de Pericles  (Siglo V, a.C.) cuando los filósofos del momento enunciaron su idea de que los fenómenos naturales tenían explicaciones naturales y que era tarea de los sabios el desentrañarlas desterrando ideas de mitos.
PENSAR DESNUDOS,
 SIN PREJUICIOS
Después de la época clásica y de sus correspondientes mitos, apareció el tiempo en que la verdad revelada, contenida en la Biblia, constituyó todo referente de interpretación de la naturaleza. Ocurrió desde la Roma de Constantino en adelante. En aquellos tiempos, decir de algún concepto que tenía su base en los libros sagrados, era consagrarlo como incuestionable. A lo largo de la Edad Media y, más intensamente, en el Renacimiento, se llegó al conocimiento de hechos científicos que estaban en desacuerdo con postulados bíblicos. Fue entonces cuando, entre los científicos e investigadores del momento, tomó cuerpo la teología natural. Según ella, Dios se manifestaba a través de cuanto dijera de sí mismo, en la Biblia, y a través de su obra, la naturaleza. Entre ambas manifestaciones, no podía existir contradicción alguna y, si acaso aparecía, el error estaba en nuestra forma de interpretarlas. El científico del Renacimiento no quería abandonar la idea de Dios. Es más, los sistemas filosóficos que fueron apareciendo tenían un apartado muy concreto para explicar su existencia y cómo era posible llegar a su conocimiento utilizando el raciocinio.
Indudablemente, conforme fueron descubriéndose las leyes que regulaban los procesos físicos y mecánicos de los objetos, fueron apareciendo teorías acerca del modo en que Dios los regulaba y as¡, mientras según unos científicos, Dios estaba en todo momento detrás de todos y de cada uno de los procesos, para otros hombres de ciencia resultaba más sabio y poderoso un Dios que en el mismo acto de la creación hubiese promulgado las leyes por las que se regirían los cuerpos, de la misma manera que un rey promulgaría sus leyes en su reino. Una vez hecho esto, Dios habría dejado de mantener un cuidado constante del Universo, pues para eso estaban actuando sus leyes que, como reflejo de su sabiduría, eran perfectas. Buscar esas leyes era buscar la acción creadora, la sabiduría y el poder de Dios. Personas de la categoría de Descartes, Newton o Leibniz se inclinaron por una u otra de estas teorías.
EL SIGLO XIX FUE FECUNDO
EN NUEVOS CONCEPTOS
De todas formas, muchas veces me pregunto si nuestras explicaciones actuales, si las interpretaciones que cotidianamente manejamos como armas conceptuales en nuestros enjuiciamientos, son correctos en todos los sentidos. Naturalmente, la respuesta que me doy a mí mismo es negativa por muchas razones. Por una parte, no podemos suponer que ya lo sabemos todo, y es mucho más lo desconocido que lo que conocemos. En este sentido, nuestras interpretaciones, al no disponer de todos los datos precisos para ser correctas, serán necesariamente incompletas y quiero indicar que, a veces, incompletas suele ser sinónimo de erróneas. Lo malo es cuando creemos disponer de todos los datos para alcanzar una interpretación correcta cuando, realmente, estamos equivocados.
Por otra parte, a veces actuamos como si nuestra interpretación de los datos previos fuese la única correcta, pudiendo ocurrir que no sea así. Por eso, no está mal una postura de escepticismo con relación al cuerpo de conocimientos que utilizamos como herramientas para seguir incrementándolo. Más bien es una postura recomendable, y tal vez la única.
Hubo un tiempo en que no se disponía de un concepto claro de vida, y muchos hombres de ciencia admitían que, puesto que el paso de ser vivo a inerte era sencillo, el paso inverso, de inerte a vivo, debía ser igualmente sencillo. Conceptualmente, no había una separación neta entre una y otra forma de estado de los seres, creyéndose que, por ejemplo, la podredumbre engendraba vida. Por si fuera poco, en la Biblia aparecían casos de generación espontánea.
SOLEDAD DEL ESTUDIOSO
Fue en el siglo XVI cuando, comenzando por Redi y Spallanzani, se pusieron las bases de nuestro conocimiento actual sobre los seres vivos. Estos científicos demostraron que, al menos en los casos que ellos estudiaron, no había generación espontánea y la podredumbre no generaba gusanos. No sería hasta el siglo XIX cuando Pasteur demostraría que tampoco había generación espontánea en bacterias. De este modo, los seres vivos aparecían como poseedores de una actividad, la vida, que no se producía en condiciones actuales y que sólo se podía recibir de otros seres vivos. Esto se resumió en varios aforismos, como omnis vivo ex vivo (todo ser vivo procede de otro ser vivo) o "La vida no se crea, solamente se transmite". Estas sentencias resumían, con no poca carga didáctica, años de trabajos y enfrentamientos científicos, representando las bases conceptuales de una nueva ciencia que se iba construyendo al estudiar los seres vivos de manera rigurosa.
Fue preciso llegar a un mundo de madurez de ideas para que algunas cuestiones pudiesen ser planteadas con cierta precisión. Después del siglo XVIII, y los trabajos de los grandes estudiosos de la naturaleza, como es el caso de Buffón y su Historia Natural, donde ya apunta la posibilidad del origen de las especies a través de procesos evolutivos, el siglo XIX se caracterizó por el rigor en los planteamientos y la emergencia de una serie de conocimientos que son aplicables a todos los seres vivos. Comienza la existencia de la biología como hoy la conocemos. Las preguntas de siempre, las que habían acompañado al hombre desde Aristóteles y sirvieran de estímulo a la mayoría de los estudios de fondo, comienzan a ser respondidas, se asientan los fundamentos de lo que empieza a ser una biología moderna, cada vez más y más alejada de los antiguos mitos explicativos.
Así, del Siglo XIX es la teoría celular, la comprensión de los procesos hereditarios y los de división celular, el conocimiento de los principios inmediatos, la síntesis de la urea y, por tanto, el comienzo de la desaparición del vitalismo como supuesta doctrina, el destierro de las ideas acerca de la generación espontánea, la idea de la evolución causada por selección natural y, en suma, la misma palabra biología.

NOS SIGUE ASOMBRANDO
También es en este siglo cuando los científicos dejan de hablar de Dios en sus escritos, de modo que ya no es posible deducir, a través de ellos, el credo de sus autores. Para muchos, Dios había sido el referente conceptual para explicar lo inexplicable. De nuevo, la escuela de filósofos atenienses ocupaba un lugar en el mundo del conocimiento, para intentar explicar los procesos mediante causas naturales y, cuando no se dispusiese de explicación natural, la pregunta quedaba ahora planteada en espera de su respuesta adecuada, pero ya sin volver a mitos ni a referencias no científicas como hipótesis explicativas.
¿Se dejó de creer en Dios? No digo eso, simplemente no se utilizó su concepto como recurso para explicar lo inexplicable. Y como no hubo necesidad conceptual de creer en la divinidad, esta creencia se ha transformado en un acto de libertad intelectual.