sábado, 19 de enero de 2013

UN RACISMO EMERGENTE


Este artículo apareció en una revista gallega de opinión (Boletín Galicia Europa). Lo escribí en 1995, por eso aparecen como futuras algunas cosas que ya pertenecen al pasado.
Actualmente vivimos un tiempo en que la denominada “verdad científicamente comprobada” alcanza el rango de dogma fundamental.
Con frecuencia alguien hace una pregunta inocente: ¿para qué se estudia? La respuesta es sencilla: Para saber aumentar nuestro conocimiento. La ronda de preguntas puede seguir: ¿para qué queremos saber más? Podría responderse que para incrementar nuestra calidad de vida, pues es claro que el disfrute del mundo está muy relacionado por el conocimiento que podamos tener de él.
Por eso, en algunos casos es posible enjuiciar a una ciencia por su contribución al cuerpo general del conocimiento. Con frecuencia me pregunto por la contribución de la biología al conocimiento humano y, concretamente, por el de la genética. Tal vez su primer éxito científico aplicado a la sociedad fue el del maíz híbrido. Más tarde vinieron otros, de los que el consejo genético no fue el más pequeño. Ahora, con la ingeniería genética y el Proyecto Genoma Humano, no faltará quien diga que se abre una nueva era en la historia de la biología y de la humanidad. Puede que si, puede que no. La ingeniería genética es una técnica y, como todas ellas, su bondad dependerá del uso que se le de. Esa es la esencia del problema, qué se va a hacer con ella, quién se va a beneficiar de esa ingeniería y, también, qué axiomas se van a apuntalar con los conocimientos que aporte el Proyecto Genoma Humano.
En la Europa actual, en las puertas del siglo XXI, hay un gran replanteamiento de problemas antiguos a los que conviene dar solución de una vez por todas. De no ser así, siempre tendremos un lastre ideológico que será fuente de conflictos recurrentes. Pienso que es hora de dejar resueltas algunas dudas, y mucho más ahora que apostamos por emprender una historia común. En una Europa como la de hoy en día, no faltan quienes pretenden replantear situaciones antiguas, pero con la novedad de aparecer científicamente basadas en una perspectiva biológica. Atribuir a una idea una supuesta base científica es transformarla en inamovible, lo cual no deja de ser totalmente engañoso.
En estos momentos, en los que la Unión Europea aparece como una zona económicamente fuerte y próspera, no son pocos los nativos de regiones pobres que tienen como meta esta parte del mundo. Europa siempre fue un continente de fuerte inmigración, pero hoy se cierran sus puertas de acogida en nombre de unas supuestas diferencias raciales y no hay que citar casos, pero pensemos en los miles de africanos que quieren llegar. Algo similar ocurre con los gitanos a quienes se cuestiona su derecho a ser ciudadanos europeos, aunque lleven siglos aquí.
En estos tiempos aparecen libros que canonizan las diferencias, se llega a matar a gente por ser de fuera, se atacan refugios de inmigrantes, y hay partidos políticos con tintes neonazis que ganan puestos de gobierno en elecciones democráticas. ¿Estamos configurando la Europa que queremos? En esta Europa de finales de siglo, cuando muchos grupos temen perder privilegios detentados dende hace más o menos tiempo, parece que se quiera volver, de manera sutil, a hacer valer las supuestas diferencias entre los hombres como justificantes de renovadas discriminaciones.
A veces ocurre que determinadas palabras tienen en biología un significado diferente al que pueden tener entre la gente de la calle. Así, "evolución" tiene un significado diferente para los biólogos que el que tiene en el mundo tecnológico o industrial. Otro tanto pasa con "herencia", pues tanto puede ser biológica como legal, cosas muy diferentes. Para un biólogo, "diferencia" y "variabilidad" representan cosas diferentes a lo que pueden representar para una persona ajena a la biología. La diferencia existe entre grupos (especies) alejados, como serían un hombre y un erizo. Pero dentro de un grupo biológicamente homogéneo, dentro de la humanidad por citar un caso, existe variabilidad. La variabilidad de pigmentación, de agilidad mental, de grupos sanguíneos o de estatura, caen dentro de la normalidad de cualquier especie, incluso de la nuestra.
Una verdad científicamente comprobada (ésta sí) es que a más variabilidad, mayor riqueza biológica la esa especie que la posee. Pero no se puede hablar de formas mejores o peores. Un ser vivo actúa en interacción con su ambiente. En un ambiente una forma puede ser buena y en otro, perniciosa. No hay formas buenas ni malas en modo absoluto, sino como algo relativo en cuanto a la adaptación al ambiente por parte de sus portadores.
En estos tiempos se oye de nuevo (pretendidamente con base científica) que las personas de determinadas razas, o pertenecientes a sexos concretos, son inferiores a otras por presentar características biológicas diferentes. Eso es falaz y, tal vez, puede aportar una supuesta base científica a determinadas posturas, interesadas en mantener las diferencias. Una cosa es ser más inteligente y otra, muy diferente, disponer de más información. Cuando pretendidos científicos dicen que los negros son menos inteligentes que los blancos, o las mujeres en relación a los hombres, me gustaría que nos dijesen en qué basan tal afirmación, cuál fue el tamaño de la muestra de personas estudiadas, cuál el tamaño de la de hombres control con la que se comparó, cuántos años duró el estudio, si los grupos comparados dispusieron del mismo ambiente cultural desde su nacimiento (cuando digo ambiente cultural quiero decir, alimenticio, sanitario, educacional, etc., etc.) y cuáles los análisis estadísticos utilizado para trabajar con los datos. En la mayoría de los casos falta todo eso y sobran conclusiones.
Por eso, no faltan ocasiones en las que me preocupa pensar que, de aquí a poco, estaremos en la Europa de la moneda única y todo cuanto trae acarreado consigo la Europa del bienestar. Pero, también, en una especie de paraíso para nosotros (blancos y europeos de nacimiento), en el que puede ser posible que algunos quieran poner impedimentos a terceros para entrar. Una especie de club de gente elegida en el que otros no tienen entrada. A no ser que pasen, de tapadillo, por la puerta trasera. Tengo la sensación de que debemos pensar muy en serio si es esa la Europa que queremos, pues aún estamos a tiempo, y somos capaces, de configurarla como tiene que ser.