domingo, 3 de julio de 2016

Hermano lobo...

Conocí al lobo a través de Caperucita, la niña redicha que contaba a todos lo que era propio de la intimidad familiar. Luego, me llegó otra imagen del lobo al ver a San Froilán y conocer su historia. Según ésta, siendo obispo caminaba por el monte con su burro y un lobo se lo comió (al burro). El santo puso al lobo los aparejos del burro y desde entonces le sirvió con docilidad. Nadie resolvió mi duda acerca de los tamaños relativos, pues para compartir aparejos o el lobo debería ser muy grande o el burro, diminuto. Fue más tarde cuando me enteré de su encarnizada persecución.

En nuestra cultura popular, el lobo sufre de muy mala prensa. Cuando digo “nuestra”, lamentablemente me refiero a la española. En este año, 2016, alguna diputación provincial ha declarado libre de lobos a su provincia, y en algunas autonomías se autorizan batidas contra los lobos con un ciego afán de exterminarlos. Empeño en el que son secundados por gente que no tiene inconveniente en degollar lobos y colgar sus cabezas en lugares emblemáticos, como el puente de Cangas de Onís, o en cualquier otro lugar, como trofeos de caza o exponente de una crueldad desmadrada y un espíritu sanguinario, que yo creía erradicados de nuestro suelo.

BELLO, FIERO Y NOBLE

Ignoro qué se pretende conseguir matando lobos, la verdad. Si se piensa que así se protegen los ganados, quienes eso hacen deberían enterarse, y quedar bien enterados para siempre, del desastroso camino que emprenden con sus batidas. Al eliminar a esos carnívoros, dejan vía libre a los jabalíes, que campan a sus anchas por sembrados, sin predador alguno que limite sus poblaciones. 

CABEZA DE LOBO,
COBARDE TROFEO DE ESTOS DIAS

Son muchas las voces, todas ellas ponderadas, que claman ante estas batidas feroces y sin descanso contra el lobo, sin considerar para nada los efectos negativos que tendría en nuestros montes su desaparición a medio y corto plazo. Quienes quieren exterminar al lobo no consideran estos efectos, ni los conocen ni los quieren conocer. Simplemente, los desprecian.

Desde la irrupción de nuestra especie en el mundo de los seres vivos, hemos sido exterminadores. Creyéndonos propietarios del planeta, hemos hecho en él lo que nos ha parecido bien, sin tener en cuenta sus consecuencias biológicas. Hemos sido causantes de muchas extinciones por una u otra causa. Pero estas extinciones se han incrementado notablemente en los últimos ciento cincuenta años. Desconozco qué repercusiones tengan en un futuro, pero la tendrán. También hemos incidido de modo negativo en la superficie del planeta. Por citar un caso, diré que la presa de Aswan, en el río Nilo, no ha significado lo que se esperaba de ella, pues tiene mucha pérdida de agua por evaporación y, además, se ha modificado negativamente la biología del mar Mediterráneo, al perderse el aporte de agua que traía este caudaloso río en su extremo oriental. En España, todo nuestro litoral ha sido agredido por una construcción desmedida que sólo buscaba enriquecimiento a corto plazo, sin importar para nada un mínimo de respeto al entorno y a su historia, también la biológica. Tratando de promocionar paisaje, se destruyó en muchos casos de modo irreversible.

LO HAN HECHO UNOS VALIENTES

Ahora se permite la desaparición de lobos, tal vez para que los ganaderos duerman tranquilos. Serán los agricultores los que a partir de ahora sufran insomnio por temor al jabalí y a sus destrozos. Pues qué les vamos a hacer, no todos pueden dormir contentos en estas tierras. 

No creo que nuestro planeta esté para fiestas con tanta agresión de toda índole. Convendrá enseñar que su conservación equilibrada nos compete a todos, con diferentes grados de implicación según el lugar en que nos encontremos. Me duelen profundamente estas batidas contra lobos y jabalíes. Tal vez no haya maldad en quienes las organizan o las secundan. Sólo ignorancia y un legítimo deseo de defender lo propio. Pero están huérfanos de información. Tal vez entre ellos se hayan propagado bulos, a ver cuáles. Recuerdo cuando por los años cincuenta, en plena plaga del escarabajo de la patata, se decía que por las noches los tiraban desde avionetas pagadas por los fabricantes de insecticidas, para fomentar su consumo entre los campesinos. No faltaban los que lo creían, pues es muy sencillo engañar a ignorantes. Y si el engañador está bien vestido y habla fino, más sencillo todavía. Por eso añoro honrados programas educativos que indique que en este planeta no sólo hay sitio para todos, sino que, además, todos somo necesarios en él.



Mucho me temo que esta dinámica seguirá hasta que campañas educativas, seriamente educativas, orienten a la gente del campo acerca de lo que es conveniente hacer y pongan fin a esta locura criminal.Tal vez faltan unas buenas sesiones educativas por parte de personas competentes, que las hay, que sepan generarse la confianza de aquellos a quienes se quieren educar.